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Ni siquiera en Ravel, cuyos "Miroirs" vinieron enseguida, cae el intérprete en tentaciones de sobreexplicar con resabidos cambios de velocidad, dinámicas excesivamente contrastadas o un pedal que en otras versiones más al uso amplifica, tal vez, pero al mismo tiempo desdibuja. Las cinco piezas que conforman esta obra de 1904-5 son cuadros sonoros en los que se pueden identificar imitaciones del aleteo de unas polillas ("Noctuelles"), el gorgeo de pájaros ("Oiseaux tristes"), el vaivén de las olas ("Une barque sur l'océan") o el sonido de campanas que llega de lejos ("La vallée des cloches"). Francesch logró instalar esas imágenes y también mostró que el impresionismo y sus atmósferas no tienen nada que ver con la vaguedad: lo suyo es una clara y fluida precisión, un delicado equilibrio. El músico brilló en el cuarto número, "Alborada del gracioso", con temas españoles que surgen de un complejo entramado repleto de enormes escollos, y que aquí se escuchó como la cosa más natural. Excelente.
Luego del intermedio, la Sonata No 3 en Fa Menor Op. 5 (1853) de Brahms, con su exigente y sinfónica estructura de cinco (y no tres) movimientos, cada uno con su propio carácter. Entre muchos aciertos, el Andante espressivo - Andante molto , que alcanza un clímax de alta tensión emocional, que funcionó gracias a la concepción acabada de ese segmento y de toda la obra, y el energético Scherzo . Era la primera vez que Homero Francesch tocaba en Chile. Para presentar su encore , el pianista dijo: "Con este aplauso, no puede faltar Schumann...", pero el apresurado suspiro de asentimiento del público lo interrumpió en el anuncio del título de la obra del compositor alemán que hacía referencia, justamente, a este debut: "De gentes y países extranjeros", la primera de las "Escenas infantiles" (1838).
Los dos conciertos de Brahms están entre los más difíciles y elaborados, sólo al alcance de virtuosos que aúnen una técnica poderosa y completa con una aguda comprensión intelectual de sus contenidos. El Nº 1, Op.15, es la obra de juventud de quien ya había compuesto tres sonatas, la Tercera de ellas conmocionante en todo sentido. Lo estrenó el propio Brahms, gran pianista, en 1859, en Hannover, y ni allí ni en Leipzig fue bien recibida; pero con el tiempo se comprendió que es una obra maestra, por más que el Nº 2, de 1881, sea todavía mejor, de una madurez incomparable en su época. Son muchos los grandes pianistas que han querido grabar los dos y hubo casos que han quedado en la historia grande de la interpretación, como la combinación Gilels/Jochum. Circunscribiéndome al Nº 1, cómo olvidar la memorable versión de Gelber con Decker en Munich, las tres de Rubinstein o la de Arrau con Haitink. Y en vivo en Buenos Aires, las varias del Gelber joven (1960 con Vandernoot, 1967 con Gielen) o la de Barenboim con Kletzki en 1960, entre muchas otras. Yo tuve el privilegio de escuchar a Backhaus con Previtali en Roma (Febrero 1954), a Rubinstein octogenario en Febrero 1972 en París, Barenboim dirigiendo la Orquesta de París, y a Firkusny con Cantelli en Marzo 1956 en New York. Y bien, en lo pianístico Francesch dio una gran versión: una técnica de seguridad inconmovible, el amplio peso requerido para ciertos pasajes pero siempre con sonido noble y sin golpear; también el lirismo contrastante de la primera entrada del piano, los famosos trinos en ambas manos impecables, y sobre todo el exacto sentido del fraseo y del tempo. Faltó sin embargo un marco orquestal de equivalente calidad: Diemecke no parece estar cómodo en Brahms; hubo al principio un sonido confuso orquestal sin claridad de planos y sin garra en el fulgurante tema principal, y tardó bastante en mejorar la interpretación; las cosas anduvieron más ajustadas en el movimiento lento, y hacia el final del concierto el director alcanzó su buen nivel. Pero esta obra es un monumento sonoro que debe construirse con unidad de criterio entre solista y director, y en este caso fue Francesch quien hizo que la experiencia fuera valiosa.
If one had wanted to be wicked one could have said: Homero Francesch was unable to perform an encore during his piano concert at the Herkulessaal in Munich because he had already done nothing but perform encores for the entire evening. In actual fact these piano pieces with Hispanic rhythms by the Catalan composers, Issac Albéniz and Enrique Granados, have only rarely ever been performed in the regular programs of the concert pianists, as dictated by the canon or even as a complete cycle, in the century since they were composed, however the most effective of these have survived as encores; they have been misunderstood as exotic perfumed desserts, as tapas, and abused as savoury snacks after the final applause. Therefore it comes as nothing short of a minor sensation that a pianist should dare to perform Albéniz, and nothing other than Albéniz, in Munich and at that in the Herkulessaal, a venue that is today so rarely ever sold out.
Homero Francesch, who has long since evolved from the one-time youthful sensation, certainly chose to perform the most significant piano cycle by Albéniz in Munich, but in its complexity, also the most ‘cumbersome’ one. The twelve-part “Suite Iberia”, which Albéniz composed as one of his last pieces between 1905 and 1908 in France and which should, as is the case with the works of the other Catalan, Picasso, created in Paris during the same era, have the right to be appreciated as something unique of its own and not to only be misunderstood and dismissed as a piece for musical shenanigans in regional salons far away from the endeavours of the European Avantgarde.
Transparent Sounds
Homero Francesch, who is quite familiar with the achievements of French Impressionism, provided an insight to the twelve characters pieces that was so effective that it would have done a radiologist proud. In doing so he made a piece of colouristic modernity audible and visible, which goes far beyond the lowly folkloristic elements of the Iberian Genre. However not even Francesch was able to fully compensate the minor dramatic weaknesses that arise as a result of the sequence of the pieces. The similarities in the two last pieces are too identical; no matter how masterful the pianist differentiates them, a certain repetitive effect deprives the powerful closing pieces of their calculated effect and thus mutes the deserved triumph. This time it could hardly have been the fault of the performer: Francesch mastered the ridiculous discontinuities and the awkward interlocking and overlapping of the hands with great bravery and a delicacy of rhythms.
In the first piece, “Evocación”, Albéniz uses music to drift away from his exile in France to the dream of his homeland; in the second, “El puerto”, he has already plunged into the plump Iberian lifestyle. Francesch opened the kaleidoscope of scenes and songs with sensitively weighed gestures, almost scrupulous; it was almost with platitude that he allowed the varied piano means to evolve. The eerie Corpus Christi procession in the third piece, “El Corpus in Seville” rose to expressionistic greatness and archaic strangeness; the dance forms in the most famous piece, “ Triana”, passed by in crystal clarity.
How far Francesch has already drifted away from the compact piano playing style of the majority of his contemporaries became especially clear in the vital passages of “El Albaicín”: it was there that the bass melodies could perhaps have been a little more powerful at times; however where other pianists move monaurally and within the integral dynamics of the Late Romanesque, between the extremes, Francesch dissects, splits and grades the sounds, he discovers baffling modern nuances and shades, which bring this late piano masterpiece by Albéniz far into the 20th Century, but maybe also takes away a little of the possible direct effect in the concert hall.
Gottfried Knapp
Until last night we had always thought that the great name was the best thing about Manuel de Falla’s, ‘Nights in Spanish Gardens’. How wrong we were, as Homero Francesch now proved at the “joung.euro.classic” Festival in the Konzerthaus at the Gendarmenmarkt with the magnificent Schleswig-Holstein Music Festival Orchestra conducted by Cristóbal Halffter. He performed his part on the piano with frenetic elegance. He succeeded in the most difficult: always effervescent with culture. Piano playing in the highest discant, tender thoughtfulness, whiplashes of the rhythms - Francesch incorporated all of these aspects into the sound of the orchestra without any musical self-interest. After all, De Falla’s piece is not a virtuoso concert, but rather, requires the unending consciousness of all those involved, for each other. The excellent orchestra surrounded the soloist with euphoric attentiveness. Gtl
